Las residencias para ancianos siempre me han interesado. Siento un distinta compasión cuando visito a una de estas residencias, y bastante raro es que no viene del ambiente melancólica que parece agobiar el lugar, sino del silencio profundo que veo en las caras arrugadas de la gente pegada a las sillas de ruedas. Da el sentido de que ni piensan, ni creen, ni sienten, ni tienen espíritu, ni alma, ni mente. Unas experiencias mías:
Waco, Texas: mi amiga y yo empecé a hablar con el anciano que lleva grandes gafas de sol. Al darse cuenta de que él no nos espanta, dos punks jóvenes, charlar con un anciano, su expresión se animó y la media hora que iba a seguir contó la historia directa del tornado que sopló por el centro de Waco en los cincuenta.
Ciudad Juárez, México: una anciana, arrugada, frágil y de estatura muy breve, se sentaba al otro lado de la sala. Nos observaba con curiosidad, de vistacitos que rompió su mirada fijada en las manos secas que cayeron en las rodillas. La acerqué con otra amiga mía y hablamos con la mujer preciosa, quien se inclinó y me señaló que le tendría que hablar con la boca casi directamente en la oreja. En español lento y alto, le dijimos de su identidad en Cristo como hija amada del Padre, oramos para ella, y le dimos unas palabras de conocimiento sobre su vida que complacía mucho a Dios. Lloró sonriendo y pidió una Biblia porque no tenía nada que leer.
Hay que comprender que los ancianos quietos y callados sí son seres humanos que sienten, saben, aman y creen todavía. Y a veces son tesoros de sabiduría.
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Thursday, March 26, 2009
Tuesday, January 27, 2009
¿Qué quieres decir?
A veces las cosas más importantes que decimos no se entienden. El intercambio cómico de señales de mano en el poema de Romanos y Griegos me recuerda de las muchas veces que he tenido dificultades en comunicar a través de idiomas y culturas diferentes.
Estaba en Grecia este verano pasado con mi primo. Al mediodía, andábamos por una calle de Atenas llena de griegos frenéticos cuando vi a un minusválido de mediana edad en su silla de ruedas, mendigando. Paramos y yo intenté hablarle con mi griego fatal. Sólo sabía las palabras “orar para ti” y “Jesucristo.” Me miraba como idiota total. Intenté otra vez con mi mejor pronunciación y le señalé la pierna. Nada. Mi primo, sin cualquier conocimiento del griego, le señaló su collar de cruz y se hizo como si orara con las manos. De repente entendió el hombre, a mi vergüenza, aunque parecía escéptico de nosotros (evidentemente esperaba unos euros). Oramos y le damos una despedida poco elegante…no sabía preguntarle cómo sintió y parecía que no le gustamos tanto…Me acordé el verso en Corintios “…para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura.” ¡Pero fue mi primer intento ver el libro de Hechos ocurrir de nuevo en Grecia!
En las palabras inmortales de Coleman: “Whatcha talkin’ ‘bout Willis?”
Estaba en Grecia este verano pasado con mi primo. Al mediodía, andábamos por una calle de Atenas llena de griegos frenéticos cuando vi a un minusválido de mediana edad en su silla de ruedas, mendigando. Paramos y yo intenté hablarle con mi griego fatal. Sólo sabía las palabras “orar para ti” y “Jesucristo.” Me miraba como idiota total. Intenté otra vez con mi mejor pronunciación y le señalé la pierna. Nada. Mi primo, sin cualquier conocimiento del griego, le señaló su collar de cruz y se hizo como si orara con las manos. De repente entendió el hombre, a mi vergüenza, aunque parecía escéptico de nosotros (evidentemente esperaba unos euros). Oramos y le damos una despedida poco elegante…no sabía preguntarle cómo sintió y parecía que no le gustamos tanto…Me acordé el verso en Corintios “…para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura.” ¡Pero fue mi primer intento ver el libro de Hechos ocurrir de nuevo en Grecia!
En las palabras inmortales de Coleman: “Whatcha talkin’ ‘bout Willis?”
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